Jonathan Davis y su combo, personificados por escuálidos perros callejeros, se pasean por una desértica y caótica ciudad que más parece una zona distención de las FARC. La mala tierra en cuestión, oculta entre sus calles y establecimientos, medio destruidos o medio construidos, un festejo al que cualquier representante masculino quisiera asistir. Después de corretear durante la noche y dormir un poco sobre el asfalto, los canchosos se cuelan en la juerga y hacen uso de su condición como perros para ganarse el cariño, y uno que otro apapacho, de las jovencitas que entre tubos estriptiseros y cervezas se encuentran bailoteando.